
Los juegos de puzles tienen algo mágico que los diferencian del resto de videojuegos. A diferencia de estos, ellos no necesitan una buena historia, un elenco de protagonistas carismático, una campaña principal larga y variada, unos gráficos de infarto o la mejor banda sonora que un presupuesto abultado se pueda permitir. En su lugar solo necesitan una cosa: una mecánica que funcione. Una mecánica lo suficientemente original, divertida y adictiva como para mantenerte delante de la pantalla pese a la ausencia de todos los elementos citados en los renglones anteriores a los que tan acostumbrados estamos. Y Triple Town la tiene, vaya si la tiene.
Sobre un tablero de seis por seis casillas tendremos que ir colocando una serie de “fichas” que se nos darán de forma aleatoria con el objetivo de crear el poblado más grande. Estas fichas podrán ser matojos, los más comunes; arbustos, algo menos comunes pero relativamente habituales; árboles, bastante poco comunes; y chozas, muy extrañas. Al juntar tres elementos de un mismo tipo daremos lugar a uno del tipo superior, justo en la casilla en la que hayamos colocado el último. Es decir, al juntar tres arbustos crearemos un árbol, y al juntar tres árboles crearemos una choza. A partir de aquí, tendremos que ir haciendo grupos de tres para crear casas, mansiones, castillos, torres voladoras, castillos voladores… Pero claro, todo buen juego de puzles necesita un toque de “caos” para darle algo más de sabor a su mecánica, y el de Triple Town tiene el bonito rostro de un oso. Estos personajes, que saldrán también de forma aleatoria con el resto de “fichas”, se moverán aleatoriamente por el tablero hasta que consigamos encerrarlos, momento en el que morirán dejando una lápida tras de sí. Y aquí volvemos a la mecánica anterior: tres lápidas hacen una iglesia, tres iglesias una catedral y tres catedrales un cofre de oro.
Como veis, la mecánica es lo suficientemente sencilla como para explicarse (casi en su totalidad) en un solo párrafo. Sin embargo, si bien el encanto de Triple Town reside precisamente en lo fácil que es comenzar a jugar y lo accesible que resulta desde el primer momento, la verdadera magia del juego está en lo difícil y gratificante que resulta de dominar. Para que os hagáis una idea, las dos capturas que acompañan a este texto son de cosecha propia. En la primera podéis ver el aspecto que tiene el poblado de alguien que está empezando a jugar, con casas y mansiones separadas y montones de árboles por todos lados; y en la segunda tenéis un pueblo ordenado gobernado por dos torres flotantes. La diferencia entre ambas es, básicamente, la experiencia adquirida entre una partida y otra. Experiencia que resulta fundamental para progresar y exprimir realmente toda la diversión que el juego puede ofrecer.

Ahora bien, la clave del éxito de Triple Town no solo reside en su simple y adictiva mecánica, aunque bien podría, sino en la “socialización” de la misma. No es lo mismo conseguir una buena puntuación e intentar superarnos a nosotros mismos una y otra vez, que estar viendo en todo momento cuales son los resultados de nuestros amigos y conocidos. De esta forma a la adicción que genera la propia jugabilidad, se une la derivada de la competitividad. Puede parecer una tontería y una mera anécdota, pero en estas santas oficinas todos, y digo todos, hemos estado enganchados al juego e intentando superar las puntuaciones de los otros durante semanas. Y no, no ha sucedido lo mismo con otros juegos sociales de corte “similar”, porque a diferencia del resto, como digo, Triple Town ofrece una mecánica a prueba de bomba capaz de enamorar al menos amigo de los puzles.
Tiene Triple Town, sin embargo, una pequeña pega que según se mire puede ser una bendición o una maldición. En su versión para redes sociales (Facebook y Google+) el juego incluye un límite de turnos, que se irá recargando poco a poco a medida que pase el tiempo al ritmo de un turno cada treinta segundos. Es cierto que puede parecer excesivo y que corta completamente el flujo natural del juego, pero teniendo en cuenta la naturaleza adictiva del juego, puede llegar a ser muy útil para mantener el trabajo o no suspender todos los exámenes (según el caso). La versión para teléfonos móviles, si bien también viene por defecto con este “problema”, nos permitirá comprar turnos infinitos, algo que deberíamos pensarnos mucho, ya que como digo puede llegar a costarnos hasta la vida social.

Pese a que un juego con la mecánica de Triple Town no necesitaría un buen apartado gráfico, y de hecho la primera versión del juego fue para Kindle y en consecuencia monocroma, lo cierto es que visualmente también resulta una auténtica gozada. Apostando por un estilo de dibujos animados, con unos osos tan adorables que no me extrañaría empezasen a salir peluches y una paleta de colores tan dulce como un helado de menta, el título de Spry Fox consigue algo que hoy en día resulta tan importante como ofrecer diversión a borbotones: cautivar al jugador con tan solo el primer vistazo.
En definitiva, Triple Town es uno de los juegos de puzles más divertidos y adictivos de los últimos años. Uno de esos videojuegos puros que, como Tetris o Bejweled, sabemos que funcionarán tan bien hoy como dentro de diez años. Sus gráficos podrán quedarse anticuados o pasar de moda, su música resultar un auténtico tormento de aquí a unos meses, pero su jugabilidad es y será siempre terriblemente divertida. Y si tenemos la suerte de contar con unos cuantos amigos que también lo jueguen, podremos disfrutar de una de las experiencias más adictivas y desafiantes del año.







