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Allá por el año 1986 los cartuchos de videojuegos vivían una época dorada como bien sabía la reina del cotarro, la NES, o Famicom, como la conocen nuestros amigos de ojos rasgados. Eran muchas las ventajas de este formato propio de las consolas domésticas, pero también acarreaba un importante inconveniente: el coste de su fabricación. No sólo resultaba elevado para las propias compañías, sino que ello obligaba a subir el precio de venta al público, y esto último podía suponer un lastre para una forma de ocio que la sociedad estaba empezando a descubrir e integrar en su seno. Resultaba prioritario, por tanto, ofrecer facilidades para todos los bolsillos.
Las mentes pensantes de Nintendo comenzaron a trabajar intentando buscar una solución para esto, y fue finalmente Hiroshi Yamauchi, el propio creador de la Famicom, quien consiguió dar con la tecla. ¿Por qué no utilizar los mismos disquetes que se empleaban en los ordenadores? No sólo resultaban mucho más baratos de fabricar, y por tanto de vender, sino que ofrecerían otros muchos beneficios: un aumento de capacidad y la posibilidad de almacenar información en su interior por parte del usuario… o, lo que es lo mismo, guardar partidas.
De este modo surgió el curioso periférico que hoy os presentamos: el Famicom Disk System. En esencia, no era otra cosa que una disquetera de grandes dimensiones que se colocaba bajo la consola, convirtiéndola en una especie de Transformer (o un robot de los Power Rangers, como prefiráis). Se conectaba a una unidad de RAM externa de 32 Kb, que a su vez se insertaba en el slot de los cartuchos (recordemos que en la consola japonesa éste se encontraba por arriba, y no en la parte frontal). Con esto ya teníamos todo listo y preparado para poder utilizar nuestros juegos, que venían almacenados en disquetes de 75 Kb de capacidad. ¡Y qué juegos, señores! No penséis que todo lo que apareció en cartuchos fueron rarezas japonesas…

Durante unos tres años vieron la luz aproximadamente doscientos títulos para este formato, incluyendo el famoso Doki Doki Panic, ese extraño plataformas de corte árabe que se convertiría, fuera de Japón, en el Super Mario Bros 2. Muchos de los juegos emblemáticos de NES aparecieron antes en disquete, y sólo se convirtieron en cartucho a la hora de exportarlos: fue el caso de Metroid, Kid Icarus, Castlevania… y The Legend of Zelda, el primero y genuino, que tuvo, cómo no, su versión especial en forma de disquete dorado. Ghosts´n´Goblins fue el primer juego que se lanzó en un disquete de 128 Kb de capacidad (64 Kb por cada cara). A nivel técnico no existía demasiada diferencia entre la versión de disquete y la de cartucho, aunque es cierto que algunos, como Metroid, mostraban una mayor calidad de sonido en el primer formato.
El precio de la disquetera era de 15.000 yenes, lo que hoy en día vendrían siendo unos 100 euros. Mucho más barata que una consola actual, y pensad que para la época supuso una revolución idéntica a las de ahora. Cada disquete podía utilizarse por las dos caras (la cara A era la que cargaba el juego, y la B la que lo ejecutaba). Apenas cinco meses después del lanzamiento del periférico salió a la venta la Twin Famicom, es decir, una sola máquina que unía consola y disquetera, y por supuesto con su correspondiente slot para introducir cartuchos. Más apañado imposible. Bajo este párrafo tenéis las dos versiones que se sacaron, en rojo y negro. Curiosamente, fue la empresa Sharp, y no directamente Nintendo, la responsable de este híbrido.

¿Y cuál era el precio de los juegos? ¿Consiguió Nintendo su objetivo? Lo cierto es que la diferencia entre el precio de los cartuchos y el de los disquetes era notoria: mientras que los primeros costaban 5000 yenes, aproximadamente 47 euros, los segundos se quedaban casi en la mitad, 3000 yenes. Sin embargo, había otra posibilidad para adquirir los juegos todavía más económica: la utilización de los Disk Writers. Máquinas que se instalaban en las jugueterías, fundamentalmente, y que funcionaban como cualquier expendedora de latas de refresco… pero con juegos. Bastaba con introducir el disquete vacío, que costaba unos 2000 yenes (era necesario adquirir los que fueran compatibles con el Famicom Disk System), seleccionar el título que quisiéramos copiar, pagar 500 yenes más… y listo. Tantas veces como deseáramos. El sueño húmedo de muchos usuarios de hoy en día, y una idea que debería rescatarse, teniendo en cuenta el actual auge de las descargas digitales, DLC´s y demás.

Famicom Disk System parecía tenerlo todo: las ventajas frente al cartucho que hemos mencionado arriba, el “reciclaje” de los disquetes, un buen y extenso catálogo de juegos… y por supuesto, como no podía faltar en Nintendo, una adorable mascota de nombre Disk-kun: un personajillo antropomorfo, amarillo como los disquetes y de grandes ojos,que parece un primo lejano de Bob Esponja. Quizás a algunos os suene: pudimos verlo en Super Smash Bros Melée como uno de los trofeos.
Y su entrañable anuncio ochentero, que siempre es una gozada contemplar.
Llegó incluso a anunciarse la salida del periférico en USA, pero finalmente todo quedó en agua de borrajas. La que fuera, sin duda, la mejor opción que ofrecía el Famicom Disk System significó también su sentencia de muerte: la posibilidad de escribir y reescribir en los disquetes fue aprovechada para piratear los juegos desde el ordenador. El siempre prolífico mercado chino de imitación no tardó en lanzar copias por doquier, así como disquetes vírgenes compatibles con los que vendía Nintendo para su utilización en las Disk Writers. Y hay que reconocer que la propia compañía también tuvo algo de culpa: comenzó a exigir un elevado pago de derechos de utilización del sistema a las third-parties, algo que no todas estaban dispuestas a asumir. Fue, de hecho, lo que impidió que Squaresoft lanzara en disquete el primer juego de una recién nacida saga llamada Final Fantasy.
Por lo demás, el declive del Famicom Disk System fue algo inevitable, teniendo en cuenta el vertiginoso ritmo que ya por entonces alcanzaba el ámbito tecnológico. No tardaron en perfeccionarse los métodos para incluir baterías de guardado en los cartuchos, con lo cual también se perdió esta ventaja. El afán por abaratar los costes también jugó alguna que otra mala pasada. Los disquetes que Nintendo decidió utilizar eran demasiado “delicados”: la menor presencia de polvo o suciedad en su interior podía deteriorar la información almacenada y dejarlos inutilizados. El disco magnético tampoco estaba bien protegido y podía dañarse con facilidad. La compañía fue consciente de esto en determinado momento y decidió sacar otro modelo de disquete, de color azul (el original era amarillo), más resistente y de mayor calidad… pero sólo cinco títulos contaron con él. Finalmente, la evolución se abrió camino, y Famicom Disk System terminó convirtiéndose en una curiosidad más, de tantas y tantas que alberga Nintendo en su dilatada historia.

Nintendo siguió ofreciendo servicio técnico, en forma de reescritura de disquetes, hasta el año 2003. En estos tiempos de revival en los que nos encontramos, no sería de extrañar que la compañía decidiera rescatar algunos de los juegos o sagas que vieron la luz sólo en este formato. Al fin y al cabo, parece que Nintendo siempre lo ha guardado en un rinconcito de su corazón… y si no, fijaos en el parecido más que razonable entre la intro de Famicom Disk System (la pantalla que veíamos antes de insertar el disquete) y la de Gamecube.







